viernes, 23 de diciembre de 2011

“LO QUE PEDRO PEDÍA ERA UNA EUTANASIA Y ESO NO ES POSIBLE"


La consejera andaluza de Salud reconoce que la muerte del enfermo de ELA ha desbordado la ley. Los expertos reclaman una revisión del Código Penal.


Pedro Martínez quería que su caso abriera de nuevo el debate sobre la eutanasia en España y lo ha conseguido. Pedro, de 34 años, padecía una esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y murió el lunes en Sevilla tras una sedación administrada por médicos de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD). La sanidad andaluza había rechazado sedarle al entender que no se encontraba aún en “situación de agonía”, el requisito que marca la ley para acelerar el final de la vida. Los médicos de DMD discrepan. Y los expertos en bioética creen que situaciones como esta dejan a la vista tantas “incongruencias” que no habría que demorar más la reforma del Código Penal.

Cinco días antes de morir, Pedro compartió con EL PAÍS su decisión, sobre la que no albergaba dudas. “Cuando ya no puedes valerte por ti mismo no es una vida digna”, dijo. El doctor Luis Montes, presidente federal de DMD, ha seguido de cerca su caso y asegura que la situación ya era “insoportable”. El enfermo contactó con la asociación hace más de año y medio. “Nosotros le indicamos que fuera buscándose una solución dentro del servicio público de salud. Pero le garantizamos también que cuando entendiera que el servicio público le estaba agrediendo y no atendía a su voluntad, nos iba a tener a su lado”, cuenta Montes.
Pedro cumplió. Su caso siguió en manos de la sanidad pública pero, amparado en la ley estatal de Autonomía del Paciente y en la andaluza de Muerte Digna, rechazó recibir cualquier tratamiento que le pudiera prolongar la vida. Cuando su estado se agravó, pidió a los médicos de cuidados paliativos del Hospital Macarena que le sedaran, pero estos consideraron que su situación no era terminal. La consejera andaluza de Salud, María Jesús Montero (PSOE), avala la actuación de sus profesionales. “Hemos estudiado detenidamente su caso, pero todavía no estaba en las circunstancias clínicas necesarias para una sedación paliativa. Lo que él pedía era una eutanasia y eso hoy no es posible”, sostiene Montero.

La alternativa que le dio la sanidad pública era que dejara de comer. Y cuando tuviera temblores, le sedaban”
El presidente de DMD no opina lo mismo. “Medía 1,90 y pesaba poquísimo. Tenía anorexia, 40 respiraciones por minuto, no podía casi tragar. Era una clara situación terminal y ahí está indicada la sedación paliativa”, afirma Montes. “La alternativa que le dio la sanidad pública era que dejara de comer. Y cuando tuviera temblores, etcétera, ya le sedaban. Eso es una crueldad”.

Los médicos de paliativos le visitaron por última vez la semana pasada y el diagnóstico, según la consejera de Salud, seguía siendo el mismo. “Clínicamente no estaba en agonía. Evidentemente, podía entrar en situación terminal en cualquier momento, pero no se puede decir cuándo”, advierte Montero. Su departamento solo ha conocido los detalles del final de Pedro por EL PAÍS y considera que en los últimos días se pudieron producir “cambios” que avalaran la sedación.

En cualquier caso, la consejera recuerda que este es “el típico caso” que está regulado en otros países, pero no en España. ¿Habría que plantearse hacerlo? “Cuando se debatió la ley estatal se decidió posponer los avances sobre esta cuestión y en eso siempre hemos sido disciplinados con el Gobierno de España. Pero el debate es necesario y enriquecedor y traer a la opinión pública situaciones como esta es positivo para seguir reflexionando”.

La consejera recuerda que este es “el típico caso” que está regulado en otros países, pero no en España
La ayuda al suicidio está tipificada como delito en el artículo 143 del Código Penal. El catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Málaga José Luis Díez Ripollés insiste en que la clave es saber si Pedro estaba en “situación terminal”. “Si es así, no hay problemas en aplicarle la sedación. En todo caso, ninguna ley establece un plazo a partir del cual debe entenderse que entra en situación terminal. Pero si no está en una situación terminal, pero tiene una calidad de vida muy baja, por una enfermedad que le va a conducir en plazo breve a la muerte, nos tropezamos con un supuesto que no está adecuadamente resuelto en nuestra legislación, la cual debería reformarse”.

Victoria Camps, presidenta del Comité de Bioética de España, y Lluís Cabré, Jefe de Servicio de Cuidados Intensivos del Hospital de Barcelona y miembro del Observatori de Bioètica i Dret, coinciden en que el choque entre ética y ley en casos como este es insostenible. “Creo que aquí lo más ético era ayudar a morir, pero esto hoy jurídicamente no está contemplado”, advierte Camps, quien defiende que se “corrija” el artículo 143 del Código Penal. “Lo que ocurre es que hay miedo a hacerlo porque eso es dar vía libre a la eutanasia y hay un sector de la sociedad que no lo aceptaría”. Por eso, en su opinión, los responsables políticos han optado por “hacer la vista gorda”. “Todos sabemos que situaciones como las de este chico se dan muy a menudo”.

Más duro es Cabré, para quien la situación actual es “pura hipocresía”. "Esto es lo que pasa cuando no se quiere afrontar la realidad social”, advierte. “Si a este chico se le sedó, se puede considerar una eutanasia y eso hoy es un delito. Pero, bajo un punto de vista ético, estamos totalmente de acuerdo en que él es el responsable de su vida y, si quiere una sedación terminal, hay que dársela. Faltaría más”.
En su conversación con EL PAÍS Pedro quiso reivindicar “la eutanasia legal”. “Ojalá con mi caso se reabra el debate”. Su deseo se cumplió.


ANÁLISIS
Un agujero en la ley

Pedro Martínez vivió, enfermó y murió en la primera comunidad autónoma que reguló el derecho a morir dignamente en España. Pero él no pudo beneficiarse de esa ley. Los responsables de sanidad andaluza sostuvieron que la norma, aprobada en marzo de 2010, iba a apurar al máximo los límites que marca el Código Penal. Es decir, el suicidio asistido y la eutanasia se quedaron fuera.

Casos como el de Pedro demuestran que la norma, aunque supuso un paso al frente hacia la humanización de la muerte, tiene agujeros. No porque se hiciera mal, sino porque la crueldad de algunas enfermedades no entiende de leyes ni de debates sociales o morales.

La Consejería de Salud andaluza conocía el caso de Pedro. Los responsables de cuidados paliativos del hospital más cercano a su domicilio le visitaron y estudiaron sus circunstancias. Pero entendieron que lo que él pedía no era legal. La situación del enfermo era irreversible, sin tratamiento posible ni opciones de mejora. Tres conceptos que entran dentro de los imprescindibles para determinar que un paciente puede beneficiarse de los derechos que marca la ley de muerte digna. Pero los médicos entendían que todavía no era un enfermo terminal. Lo iba a ser, probablemente en dos semanas, en un mes... Pero aún no lo era. Ahí es donde la ley le falló a Pedro.

La norma andaluza fijó el derecho de todos los pacientes a rechazar tratamientos, a recibir sedaciones paliativas cuando se encuentren en "situación terminal o de agonía", a pedir la retirada de medidas de soporte vital que solo contribuyan a prolongar en el tiempo "una situación clínica carente de expectativas". Desde que se aprobó la ley, varios pacientes con ELA, la misma enfermedad que sufría Pedro, han acortado sus últimos días de sufrimiento con una sedación aplicada por médicos. Unos eligen morir en sus casas, rodeados de sus familiares, sus libros, sus muebles, su entorno. Otros prefieren hacerlo en un hospital, con los médicos que les han tratado, los enfermeros que les han cuidado y la compañía de su familia.
Pero Pedro no estaba conectado a ninguna máquina ni había ningún tratamiento que rechazar ni, según los médicos, había entrado en situación de agonía. Pero para él su sufrimiento ya era insoportable y no quería que se prolongara.

La norma andaluza convirtió en premisa un ideal: "El derecho a una vida humana digna no se puede truncar con una muerte indigna". Los médicos que veían a Pedro opinaban que todavía no había llegado a esta situación. Él entendía que sí y decidió en consecuencia.


ANÁLISIS
Regular el bien morir, tarea pendiente

 “Desempleo”, “mercado”, “deuda”, “crédito”: estas palabras dominan nuestras vidas y nos hacen olvidar otras que no podemos ni debemos desatender. Una de ellas es “muerte”. La muerte es inseparable del hecho de la vida. Por eso, con crisis o sin crisis, conviene que nos ocupemos y preocupemos por tratar de que cuando nos alcance, lo haga de un modo plenamente humano, digno.

La sociedad española alumbró este debate hace ya más de 15 años, cuando vimos y oímos por primera vez a Ramón Sampedro en la televisión. Y desde entonces, el debate no ha cesado. Por ello no podemos consentir que la crisis lo cercene. Andalucía, con su Ley 2/2010, llamada “de muerte digna”, tuvo el mérito incontestable de separar el debate en dos partes diferenciadas. Una tiene que ver con la regulación de la eutanasia y el suicidio médicamente asistido, hoy por hoy delitos tipificados por el Código Penal. La otra parte del debate tiene que ver con el resto de prácticas sanitarias relacionadas con la atención a la muerte, como los cuidados paliativos, el tratamiento del dolor, la sedación paliativa, el rechazo del tratamiento o la limitación del esfuerzo terapéutico.

La ley andaluza y sus clones navarro y aragonés tuvieron la valentía de separar ambas partes. Clarificaron de forma decisiva la primera parte, renunciando, como no podía ser de otra manera por falta de competencia jurídica, a tratar de legitimarlas. Y regularon ampliamente la segunda, contribuyendo de forma decisiva a dotar a la ciudadanía de amplios derechos y garantías de respeto a su dignidad en el proceso de muerte.
El Ministerio de Sanidad de la pasada legislatura tardó demasiado en convencerse de que los comentarios despectivos hacia estas leyes autonómicas, que las tildaban de innecesarias, laxas o meramente propagandistas, provenían de sectores profesionales o grupos ideológicos más inclinados a proteger sus propios intereses que los de los pacientes terminales y sus familias. Por su tardanza, el Proyecto de Ley estatal quedó embarrancado en el adelantado final de la legislatura. Pero el nuevo Gobierno no debería dejarlo tirado ahí. Los ciudadanos extremeños, canarios o catalanes tienen que disfrutar de los mismos derechos y garantías que los andaluces, navarros o aragoneses.

Si, como sucedió en Andalucía, donde la ley se aprobó en el Parlamento autonómico por unanimidad –salvo en tres artículos-, se consigue que primen los intereses generales sobre los partidistas, tramitar y aprobar una ley estatal sería posible. Solo hace falta la voluntad política del grupo mayoritario del Congreso. Los profesionales, los pacientes y sus familias se lo merecen. Una vez hecho esto quedaría entonces por abordar la otra parte del debate, la regulación de la eutanasia y el suicidio asistido. Es cierto que esta sí es una cuestión controvertida y en la que seguramente el Gobierno actual no deseará entrar por razones obvias. Pero no deberían olvidar que los estudios más solventes señalan que en torno al 60% de la población española apoyaría la regulación de la eutanasia. Una parte de ellos son, obviamente, votantes del Partido Popular.

Pablo Simón Lorda
es médico y profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública.

jueves, 22 de diciembre de 2011

“VIVO EN UNA CÁRCEL QUE SE ESTRECHA"



Madrid, a 22 de diciembre de 2011
 
EN RELACIÓN CON LA MUERTE EN SU DOMICILIO DE PEDRO, ENFERMO DE ESCLEROSIS LATERAL AMIOTRÓFICA, publicada hoy por el diario El País.


1.       La ley 41/2002 de autonomía del paciente  establece como principios básicos “La dignidad de la persona humana, el respeto a la autonomía de su voluntad y a su intimidad; el derecho del paciente a decidir libremente entre las opciones clínicas disponibles y a negarse al tratamiento; y la obligación de todo profesional que interviene en la actividad asistencial al respeto de las decisiones adoptadas libre y voluntariamente por el paciente” (art. 2).
 
2.       Tal y como han legislado Andalucía, Aragón y Navarra, y de acuerdo con la ley reguladora de los  derechos de la persona ante el final de la vida, actualmente en fase de tramitación parlamentaria, “todas las personas que se encuentren en el proceso final de su vida tienen derecho a los cuidados necesarios para evitar el dolor y el sufrimiento  (art. 4), lo que incluye,[…], la sedación, aunque ello implique un acortamiento de la vida […]  para reducir su consciencia, con el fin de aliviar adecuadamente su sufrimiento o síntomas refractarios al tratamiento específico” (art. 11).
 
3.       La sedación paliativa (dormir al paciente hasta que, a consecuencia de una enfermedad terminal, acontece su fallecimiento) es un tratamiento para aliviar el sufrimiento refractario (que no responde a ninguna otra medida). La sedación no sólo es un imperativo moral para el profesional cuando el paciente se encuentra en proceso de agonía, sino también un derecho de los enfermos terminales. Su justificación no depende de que la muerte sea inminente (agonía), sino de la voluntad del paciente de no seguir padeciendo un sufrimiento intolerable.
 
4.       A pesar del marco legislativo, todavía los ciudadanos se encuentran con profesionales que dificultan el ejercicio de sus derechos. Negar la sedación paliativa a un paciente terminal porque no se encuentra en agonía es una falta de respeto a su autonomía y una crueldad injustificable.
 
5.       Los poderes públicos tienen la obligación de garantizar el libre ejercicio de sus derechos a los ciudadanos. Por ello urgimos al nuevo Parlamento que culmine la aprobación del proyecto de ley presentado en el Congreso y que se arbitren las medidas para su cumplimiento evitando a las personas un trato desigual en el proceso de muerte según la Comunidad Autónoma en que residan.
 
6.       Nuestra sociedad democrática se fundamenta en la libertad individual. La vida es un derecho, no una obligación. Los ciudadanos no estamos dispuestos a admitir que la autonomía de nuestra voluntad se vea limitada por la falta de sensibilidad de responsables políticos a los que parece no importarles el sufrimiento de los pacientes al final de su vida. La AFDMD reitera sus compromisos con la sociedad tanto en la defensa del derecho a morir con dignidad, como en la atención en el marco de la legalidad, de aquellos socios que no encuentren una respuesta satisfactoria dentro del sistema público de salud.








Pedro, que sufría ELA, ha luchado hasta el final para decidir cuándo y cómo morir. El sábado reunió a su familia para despedirse; el lunes falleció tras una sedación.
 El enfermo de ELA habla con EL PAÍS cinco días antes de su fallecimiento:



Cinco días antes de la fecha que eligió para morir, las manos en el regazo de Pedro Martínez no son una señal de entrega o mansedumbre. Hace ya meses que las tiene continuamente así, porque la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que las atenaza las dejó inertes. Pero este hombre que nació en Teruel hace 34 años ha mantenido la lucha en la mirada y en la determinación de controlar el devenir de su enfermedad hasta conseguir una sedación terminal que, para cuando se publican estas líneas, ya ha puesto fin a su vida. En los días previos a la sedación que terminó con su sufrimiento, Pedro Martínez se despide de los suyos y comparte su experiencia con EL PAÍS.

Pedro ha llegado al límite. La ELA es una enfermedad que ataca de fuera adentro: empieza por las extremidades y va acercándose al tórax, hasta que paraliza los músculos necesarios para tragar o respirar. En España la padecen unas 4.000 personas y se diagnostica a unas 900 al año. No tiene una causa conocida y, lo que es peor, tampoco hay tratamiento. Afecta casi siempre a gente joven y la supervivencia media desde el diagnóstico no excede de los tres años. Pedro estaba ya en ese plazo. “Tuve los primeros síntomas hace cuatro años. Dolores, calambres… Pero no me dijeron lo que tenía hasta hace dos. La verdad es que ahí los médicos dejaron mucho que desear”, dice socarrón horas antes de morir. En esos dos años, Pedro ha perdido la movilidad y la funcionalidad de los brazos y las piernas. Para fumar, un amigo le ha construido un soporte a partir de un perchero en el que su novia Lola sujeta el pitillo que otro amigo acaba de liar. Una máscara del personaje de dibujos animados del inspector Gadget da un toque humano al invento. Puesto a la altura de la cabeza, el hombre solo tiene que acercar la boca para dar una calada. Pero, enfrascado en la conversación como está, a Pedro se le olvida fumar y el cigarrillo se apaga, así que Lola tiene que ir a cada rato a encenderlo de nuevo.

Quiero reivindicar que, al menos, se despenalice el suicidio asistido”

 
Cinco días antes de morir, como todos los días, pasa el día postrado, porque las piernas ya no le sostienen. “Veo la tele, porque no puedo sujetar un libro o un fanzine [que es lo que prefiere] para leer. No puedo ni pasar las hojas. A veces, algún amigo me lee algo, pero me canso”.

Es solo una muestra de la dependencia absoluta que ha vivido Pedro en los últimos tiempos. “Cuando ya no puedes valerte por ti mismo no es una vida digna”, dice convencido. Y eso que él tiene una amplia red de apoyo. Si algo puede decirse, es que no está solo en ningún momento. “Al principio, cuando me dieron el diagnóstico, nos fuimos a vivir seis al campito”. Ahora, Pedro y Lola viven en un pisito de un barrio modesto cerca de la estación del AVE de Sevilla. “Es de un familiar y de renta antigua”, dice Pedro, que explica que él solo cobra 509 euros de una pensión no contributiva. “Pedimos la ayuda de la dependencia hace dos años, pero hasta ahora, nada”. Mientras tanto, Lola se encarga de todo, de darle de comer, del aseo… una amplia red de amigos, huella de una vida intensa, hacen de soporte para una situación que no tiene salida. La casa está muy caliente. “Es que tengo frío siempre”, dice él.

 
Pedimos la ayuda de la dependencia hace dos años, pero nada”

Cuesta entenderle cuando habla. La paralización ya le afecta a la capacidad de vocalizar, y Lola tiene que hacer a veces de traductora. Es la mejor pedróloga, dice con buen humor. Pero eso no es lo peor. El hombre empieza a tener problemas con la garganta y tragar cada comida es una tortura y una amenaza. “No quiero morir ahogado. Ya me ha pasado varias veces que la comida se me ha ido hacia los pulmones. Además, me cuesta mucho masticar. Tengo que pasarlo todo con mucho líquido, y eso es más peligroso”.

Esta situación es la que le ha llevado a tomar una decisión, a estas horas irreversible: quiere que le seden. No quiere tener más la angustia, el sufrimiento. Y, sobre todo, él, que se define como un “antitodo”, entiende que ya lo que tiene por delante es solo una agonía de un par de meses como mucho, siempre con el riesgo de asfixiarse, de ahogarse. Pero Pedro se ha encontrado con un escollo. Él, que ha sido un poco de todo —un buen estudiante que sacó el título de técnico de laboratorio y que ha trabajado de albañil, de camarero, de lo que surgía, o de nada—, quiere estar seguro de que va a vivir con dignidad hasta el final. “Uno debe tener el control de su propia vida. Yo he apurado la vida. He dormido en casas de campo, en un banco y en el talego. Participé en la okupación del túnel de Casas Viejas [una acción en 2007 que acabó con un desalojo por la policía ]. No se trata de morir con dignidad. Se trata de vivir con dignidad hasta el final, llevando el control de lo que se hace”.

Lola se encarga de todo; de darle de comer a Pedro, de asearlo, y también de encenderle los cigarrillos. / GARCÍA CORDERO


Por eso se desespera cuando ve que los servicios de cuidados paliativos no le ofrecen lo que pide. “Han venido a verme y dicen que no me estoy muriendo, aunque saben que no voy a vivir mucho. Que esto no es una agonía. Me han llegado a decir que deje de comer y beber unos días, y que así, cuando me deteriore, podrán aplicarme la sedación paliativa; los he echado de casa”, cuenta encendido, y Lola tiene que hacer de traductora porque las palabras se atropellan y el hombre se fatiga. “Es lo malo de esta enfermedad. Es como una cárcel cada vez más estrecha. No puedes ni pegar un golpe en la mesa y salir corriendo cuando te desesperas”.

No quiero morir ahogado. Ya me ha pasado varias veces que la comida se me ha ido hacia los pulmones"
Por eso ha decidido contarle a EL PAÍS su caso. Lo hizo el miércoles 14, cuando ya tenía todo decidido. Estaba pendiente de una visita del servicio de paliativos del hospital Virgen Macarena de Sevilla, para repetirles su petición. “No voy a ir más al hospital. No quiero que me sonden ni que me pongan un respirador. ¿Para qué? ¿Para durar tres meses en vez de dos? Lo que quiero es acabar tranquilo y dejar de sufrir. Que cada comida no sea una amenaza”. No le hicieron caso. Pero Pedro se guardaba un as en la manga. “Contacté con Derecho a Morir Dignamente hace mucho. Y ellos me han dado tranquilidad. Si he seguido hasta ahora, ha sido porque sé que ellos me van a ayudar. Si no, habría tomado la decisión de quitarme la vida antes”, afirma. “La ley de muerte digna andaluza no prevé casos como el mío. Está pensada para gente con cáncer. Pero a mí me dicen que no estoy terminal”.

La verdad es que la norma andaluza no puede ir más allá de lo que establece la legislación estatal: en España la eutanasia se considera un homicidio y la ayuda necesaria al suicidio está castigada por el Código Penal, aunque con atenuantes. Tampoco la ley de muerte digna que el Gobierno envió al Congreso antes de la convocatoria de las últimas elecciones cambia esta situación. A imagen de la norma andaluza, en la que se basa, deja claro que debe prevalecer la voluntad del paciente de renunciar a un tratamiento, que eso no debe impedir que los médicos le ofrezcan otras alternativas y, además, defiende a los profesionales que actúen por respeto a la voluntad de los enfermos, aunque la consecuencia sea acortar su vida.

¿Mi epitafio? ‘Muerte al Estado y viva la anarquía’. Dilo así”

Cinco días antes de morir, Pedro lo tiene todo preparado. Y sabe que es su última lucha. “Quiero reivindicar la eutanasia legal, o, por lo menos, que se despenalice el suicidio asistido. Ojalá con mi caso se reabra el debate”, dice. Pero, a falta de que la legislación le ampare, va a ir lo más lejos que puede, exigiendo que acaben con su sufrimiento. “Eso es legal”, insiste.

Dos días antes de morir, el sábado, Pedro organizó una fiesta. 80 personas, entre familiares y amigos. “Como una boda”. “Todos saben mi decisión, y me apoyan. Va a ser muy emotivo”, dice en uno de los pocos momentos en que su firmeza parece que se rompe. “Yo invito. Bueno, pagará el Estado”, bromea refiriéndose a que se va a gastar su última pensión en el convite. El domingo, médicos de la asociación DMD le visitaron. “Hicimos una valoración de su estado de sufrimiento, que él considera ya intolerable. Dado que en su estado no hay alternativa, y contando con el consentimiento del paciente, se procedió a la sedación”, cuenta el médico que le visitó. Falleció el lunes, en su casa, después de despedirse de su novia, sus amigos, su familia y su perro. El martes fue enterrado.

El hombre sabe perfectamente lo que quería. “Cuando todo se acabe, que me incineren y me entierren bajo un nogal. Imagínate un mundo donde en vez de cementerios hubiera bosques. Así, por lo menos, una vez muerto podré servir de abono y ayudar a luchar contra la deforestación”, dice. No sabe qué habrá después —“No tengo ni idea. Ojalá volvamos a la vida para seguir aprendiendo. Cuando nos veamos ahí, y que sea muy tarde, ya lo sabremos”— pero, vaya donde vaya, llevará su lema: “¿Mi epitafio? Lo que ha sido mi vida: ‘Muerte al Estado y viva la anarquía’. Dilo así”, insistió. Y queda dicho.




Una larga lista de antecedentes

Ramón Sampedro (1943-1998). Parapléjico desde 1968, cuando tenía 25 años, el hombre luchó durante 30 años para que los tribunales permitieran que un médico le diera una combinación de fármacos que acabara con su vida. No lo consiguió, y, al final, decidido a acabar con su vida, ingirió una dosis letal de cianuro que alguien le suministró. Luego se supo que había sido su amiga Ramona Maneiro, pero el delito de colaboración necesaria para el suicidio ya había prescrito. Su caso fue reflejado en la película Mar adentro.

Madeleine Z. (1938-2007). La mujer, que sufría una grave enfermedad paralizante, se quitó la vida en su casa de Alicante ingiriendo una combinación de fármacos. Recibió asesoría de la asociación Derecho a Morir Dignamente.

Inmaculada Echevarría (1955-2007). La mujer vivió 10 años postrada en una cama con la ayuda imprescindible de un respirador. Tardó más de medio año en conseguir que los médicos del Servicio Andaluz de Salud que la atendían aceptaran su petición de que la desconectaran de la máquina, algo a lo que, según la Ley de Autonomía del Paciente de 2002, tenía derecho. Al final, fue la propia Junta la que aprobó su demanda, que solo pudo cumplirse cuando cambió de hospital, de uno concertado a uno público. Su caso motivó que Andalucía elaborara una Ley de Muerte Digna, modelo de la que dejó preparada el último Gobierno socialista y que está pendiente de tramitar en el Congreso, donde no se espera que el PP la retome.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

DIGNIDAD Y VERDAD FRENTE A CALUMNIA

ANTONIO Aramayona, Profesor de Filosofía 21/12/2011 

La derechona se siente a gusto si y solo si vocifera contra un presunto enemigo que se sale de sus lindes



La Audiencia Provincial de Madrid confirmó la semana pasada la condena a Miguel Ángel Rodríguez, portavoz del Gobierno durante la Presidencia de Aznar, por injurias al médico Luis Montes, ex coordinador de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés. Según la sentencia, Rodríguez deberá pagar una multa de 30 euros diarios e indemnizar con 30.000 euros por llamar "nazi" al doctor Montes en varios programas de televisión. Ante esa sentencia, cabe la pregunta de si determinados tertulianos y presuntos periodistas aprenderán finalmente a evaluar y hablar con respeto y educación.

Quien conozca al doctor Montes, quien se haya ocupado de informarse verazmente sobre lo sucedido en el hospital Severo Ochoa de Leganés, quien haya leído el libro El caso Leganés, quien se proponga obrar con la razón y el corazón en lugar de solo con y por las vísceras más viles, tiene todo el derecho de formarse su propio criterio sobre el derecho a morir dignamente, decidir libre y responsablemente sobre la propia vida y su acabamiento, auxiliar al paciente terminal a evitar el dolor y no prolongar innecesariamente sus últimos días.
Como común denominador está el reconocimiento de que quien ha de dirimir el plazo y la forma de afrontar una muerte digna es la persona misma, el enfermo mismo. Este principio rector es el que impulsó al doctor Montes y a su equipo a la hora de aliviar los momentos terminales de una persona, movidos por los valores de humanidad, cercanía y medicina positiva, en vez de ensañamiento terapéutico y abandono del enfermo a los designios de terceras entidades, terrenales o celestiales.

Tengo el honor y la fortuna de conocer personalmente al doctor Montes y a algunos médicos y personal sanitario más del equipo de Leganés, y solo me cabe decir que el mundo iría y sería mejor si nos fuésemos pareciendo más a ellos, si compartiésemos su talante y su amor por la vida y por los seres humanos. Es posible disentir de sus posturas y actitudes, pero en ningún caso es de recibo olvidar la responsabilidad de un tertuliano o periodista en un medio de comunicación y verter sobre otra persona injurias y calumnias graves, escudándose, como hace Rodríguez, en que una tertulia es también y sobre todo una especie de show en el que se pide a los tertulianos que sean "vivos, locuaces y agresivos".

Dice Ortega y Gasset que la verdad es siempre indecente, pues, acudiendo al concepto clásico griego de verdad como aletheia, la verdad consiste en destapar, desocultar, descubrir, pero esa ocurrente visión de la verdad como indecencia nada tiene que ver con la sordidez, la grosería, la desvergüenza y el cinismo demagógico que llevan a tachar a unos médicos honestos de nazis y asesinos.
Nos hemos acostumbrado a padecer en los últimos años los malos humores de la derechona hispanovisigótica, cada vez más militante también en los medios de comunicación. En cuanto aparece algo o alguien que tienen por disidente montan la bronca como ambiente general entre la ciudadanía. En las dos últimas legislaturas ha sido habitual esa bronca en el Congreso y el Senado, en el seno del poder judicial, en las tertulias, en las calles, en las manifestaciones. El doctor Montes y su equipo de Leganés no iban a ser menos, claro.

LA DERECHONA se siente a gusto si y solo si vocifera contra un presunto enemigo que se sale de sus lindes y esquemas, lanzando contra él cuantos exabruptos, embustes y calumnias se le pongan a mano. Por eso tiene ahora un problema, pues de la habitual bronca sistemática debe pasar a gobernar y proponer en positivo.

Ahora debe manifestar su postura ante lo que antes se limitaba a invalida o liquidar. Ahora debe explicar a la ciudadanía cómo salir del paro y crear puestos de trabajo, qué hacer con los movimientos independentistas vascos y la consolidación del fin de la violencia, cómo van a sacarnos de la recesión a base de recortes, cómo afrontar la corrupción sistémica en el entramado de las instituciones y cargos públicos del Estado, qué será de los derechos laborales, cívicos y sociales conseguidos hasta ahora, hacia dónde nos lleva la privatización de los recursos más rentables del Estado, cómo se relacionará con Cataluña si ha recurrido su Estatut ante el Constitucional, cómo puede invocar la democracia, la igualdad y la equidad con su postura institucional ante la negación de Amaiur como grupo político en el Congreso, si prohibirá el matrimonio homosexual, qué decir a la Conferencia Episcopal católica sobre el aborto y sobre las tradicionales manifestaciones católicas, apostólicas y romanas por parte de una considerable parte de su más fiel electorado en defensa de la familia y en contra del aborto, etc.

Ah, y también la derechona ha de poner de manifiesto qué va a decir a una persona que ha decidido libre y responsablemente vivir y morir con dignidad.

Una muerte con signo propio


Peter Singer
¿Por qué, cuando se trata de morir, las instituciones democráticas suelen no traducir lo que la gente quiere en legislación?

PRINCETON. Dudley Clendinen, escritor y periodista, tiene esclerosis lateral amiotrófica (ALS, por su sigla en inglés), una enfermedad degenerativa terminal. Este año escribió de manera emotiva en 'The New York Times' sobre cómo estaba disfrutando su vida actual y sobre su plan de ponerle fin cuando, como describió, "la música se detenga cuando no pueda hacerme el nudo de la corbata, contar una historia divertida, sacar a pasear a mi perro, hablar con Whitney, besar a alguien especial o escribir líneas como éstas".

Un amigo le dijo a Clendinen que tenía que comprar un arma. En Estados Unidos, uno puede comprar un arma y meterse una bala en el cerebro sin quebrar ninguna ley. Pero si uno es una persona respetuosa de la ley que ya está demasiado enferma como para comprar un arma, o como para usarla, o si dispararse a sí misma no le parece una manera pacífica y digna de terminar con la vida, o si simplemente no quiere dejar un revoltijo que los demás tengan que limpiar después, ¿qué tiene que hacer? No le puede pedir a otro que le dispare y, en la mayoría de los países, si le dice al médico que ya tuvo suficiente y que le gustaría que lo ayudara a morir, le estaría pidiendo que cometiera un crimen.

El mes pasado, un panel de expertos de la Royal Society of Canada, presidido por Udo Schüklenk, profesor de bioética en la Universidad de Queens, dio a conocer un informe sobre la toma de decisiones al final de la vida. El informe ofrece un sólido argumento para permitirles a los médicos ayudar a sus pacientes a morir, siempre que los pacientes sean competentes y soliciten libremente ese tipo de asistencia.

La base ética del argumento del panel no es tanto evitar el sufrimiento innecesario de los pacientes terminales, sino más bien el valor central de la autonomía individual o la autodeterminación. "La manera en que morimos", concluye el panel, "refleja lo que creemos que es importante tanto como las otras decisiones fundamentales de nuestras vidas". En un estado que protege los derechos individuales, por lo tanto, decidir cómo morir debería reconocerse como un derecho de ese tipo.

El informe también ofrece un análisis actualizado sobre cómo la asistencia por parte de los médicos para poner fin a la vida está funcionando en los "laboratorios vivientes" -las jurisdicciones donde es legal-. En Suiza, así como en los estados norteamericanos de Oregon, Washington y Montana, la ley hoy permite a los médicos, por pedido, ofrecerle a un paciente terminal una receta para un medicamento que provocará una muerte en paz. En Holanda, Bélgica y Luxemburgo, los médicos tienen la opción adicional de responder al pedido de un paciente de darle una inyección letal.

El panel examinó informes de cada una de estas jurisdicciones, con excepción de Montana (donde la legislación de asistencia para morir recién se creó en el 2009, y aún no existen datos confiables). En Holanda, la eutanasia voluntaria representó el 1,7 por ciento de todas las muertes en el 2005 -exactamente el mismo nivel que en 1990-. Es más, la frecuencia de poner fin a la vida de un paciente SIN un pedido explícito del paciente se redujo a la mitad durante el mismo período, de 0,8 a 0,4 por ciento.

De hecho, varias encuestas sugieren que poner fin a la vida de un paciente sin un pedido explícito es mucho MÁS común en otros países, donde los pacientes no pueden pedirle a un médico en el marco de la ley que termine con sus vidas. En Bélgica, si bien la eutanasia voluntaria subió de 1,1 por ciento de todas las muertes en 1998 a 1,9 por ciento en el 2007, la frecuencia de poner fin a la vida de un paciente sin un pedido explícito cayó de 3,2 por ciento a 1,8 por ciento. En Oregon, donde la Ley de Muerte con Dignidad entró en vigencia hace 13 años, la cantidad anual de muertes asistidas por un médico aún no llegó a 100 por año, y el total anual en Washington es inclusive más bajo.

El panel canadiense, en consecuencia, concluyó que existe una evidencia sólida para refutar uno de los grandes temores que quienes se oponen a la eutanasia voluntaria o a la muerte asistida por un médico suelen expresar -que es el primer paso en una pendiente resbaladiza hacia una matanza médica más generalizada-. El panel también detectó otras varias objeciones inadecuadas a la legalización y recomendó que se modificara la ley en Canadá para permitir tanto el suicidio asistido por un médico como la eutanasia voluntaria.
Las encuestas demuestran que más de las dos terceras partes de los canadienses apoyan la legalización de la eutanasia voluntaria -un nivel que se mantuvo estable durante varias décadas-. De modo que no sorprende que el informe recibiera un fuerte respaldo en los medios canadienses dominantes. Lo que resulta más desconcertante es la fría respuesta de los partidos políticos del país, que en ningún caso manifestaron la intención de apoyar una reforma de la ley en esta materia.

Existe un contraste similar entre la opinión pública y la (in)acción política en otras partes, como por ejemplo el Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y varios países de Europa continental. ¿Por qué, cuando se trata de morir, las instituciones democráticas suelen no traducir lo que la gente quiere en legislación?
Sospecho que, por sobre todas las cosas, los políticos de los partidos mayoritarios les temen a las instituciones religiosas que se oponen a la eutanasia voluntaria, aunque los creyentes individuales por lo general no siguen las opiniones de sus líderes religiosos. Las encuestas realizadas en varios países demostraron que una mayoría de los católicos romanos, por ejemplo, apoyan la legalización de la eutanasia voluntaria. Aun en Polonia, un país fuertemente católico, hoy hay más gente que respalda la legalización de la que se opone a ella.

Como sea, las creencias religiosas de una minoría no deberían negarles a individuos como Dudley Clendinen el derecho de poner fin a sus vidas de la manera que ellos elijan.
Peter Singer es profesor de bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado de la Universidad de Melbourne. Sus libros incluyen Animal Liberation, Practical Ethics, The Expanding Circle y The Life You Can Save.



Copyright: Project Syndicate, 2011.
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sábado, 17 de diciembre de 2011

«No poder decidir el final de nuestra vida es una manera de sumisión»

carmen tapia | león 17/12/2011 
http://www.diariodeleon.es/noticias/leon/no-poder-decidir-final-de-nuestra-vida-es-una-manera-de-sumision-_654369.html

El médico Luis Montes (Salamanca, 1949) fue acusado en el 2005 de acelerar la muerte de 400 enfermos terminales mediante sedaciones en el Hospital Severo Ochoa de Leganés. La Justicia archivó el caso. Preside la federación de la Asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) y ayer estuvo en León.

El médico Luis Montes, Presidente de la federación derecho a morir dignamente, defiende el derecho a disponer de nuestra propia vida. 
 Luis Montes participó ayer en el cine-forum que la asociación DMD organizó en Sierra Pambley para proyectar el documental La muerte voluntaria en el cine.
—Llega a León en pleno debate sobre la nueva Ley de Cuidados Paliativos y Muerte Digna.
—El debate actual debe ser el derecho a disponer de nuestra propia vida. La eutanasia activa, el suicidio asistido o la sedación en la agonía son los cómos.
—¿Cree que España está muy lejos de alcanzar una ley de este tipo?
—Creo que no. Es un debate que preocupa a la sociedad y que interesa. En la sociedad que vivimos los derechos de ciudadanía tienen que ser el derecho a la disponibilidad de la propia vida y el estatuto laico.
—¿La ley que se debate da respuesta a la voluntad de las personas para elegir cómo morir?
—Es una ley que ha quedado en el cajón de los diferentes grupos parlamentarios. No modifica el ordenamiento jurídico del código penal de 1995. Lo que pensamos en DMD es que tiene que ser una ley de obligado cumplimiento.
—¿En qué punto está la ley?
—El grupo parlamentario socialista lo ha presentado ya para la discusión como primera ley en esta legislatura. Hay que esperar y ver qué plantea el nuevo partido del Gobierno.
—Vivimos evitando el dolor y el sufrimiento ¿por qué hay reticencias a la hora de plantear ese debate con la muerte?
—La libertad de decidir y protagonizar tu propia muerte nos convierte en ciudadanos y no en súbditos. No poder decidir sobre el final de nuestra vida es una manera de sumisión. En DMD planteamos que protagonicemos y determinemos la forma en que queremos morir igual que lo hacemos con la forma en la que queremos vivir. Nos pasamos la vida tomando decisiones sobre nuestra existencia y cumplir los objetivos que queremos alcanzar hasta que llegamos al final. No es normal que en el momento de la muerte decida por nosotros una tercera persona.
—¿Por qué hay dificultades para llegar a un acuerdo?
—Venimos de una cultura judeocristiana, con conciencia de la sacralidad de la vida, que es un don recibido y lo único que podemos es gestionarla pero el fin depende de ese amigo invisible que nos quiere mucho y que nos hace pasar por un sufrimiento intenso al final de la vida.
—Por su experiencia clínica, ¿quién decide sobre el final de la vida el paciente o sus familiares?
—Si el paciente es autónomo y competente decide él, si no es así es la familia o el cuidador principal. En este país que formalmente se oculta la enfermedad y la muerte lo más común es que sea el médico con la familia.
—La ley que se debate permite el uso de las sedaciones terminales y usted tuvo un problema con ésto en la Comunidad de Madrid.
—En nuestro ordenamiento jurídico sólo es delito la inducción al suicidio y la colaboración necesaria. Está penalizada la eutanasia activa. La limitación del esfuerzo terapéutico y la retirada de tratamientos o inducir un coma profundo en el periodo final de la agonía para que el paciente esté dormido y no sufra son buenas prácticas médicas.
—Para morir como desea ¿a qué Comunidad se iría?
—En todas las comunidades se muere bien o mal dependiendo de la sensibilidad del médico que te toque. Tenemos un ordenamiento jurídico que deja claras las buenas prácticas médicas.
—¿Los profesionales están sensibilizados?
—Se supone que la mayoría debería estar cumpliendo con las buenas prácticas médicas. Otra cosa es la definición del proceso de muerte, que un médico diga que el enfermo se está muriendo y otro pueda pensar que todavía hay que hacer tratamientos extraordinarios y activos, que es lo que se entendería como encarnizamiento terapéutico.
—¿Qué recomienda para evitar diferencias de criterios?
—Que los pacientes hagan un registro de últimas voluntades. Tenemos que ser protagonistas de cómo queremos que sean nuestros cuidados al final de la vida.
—¿Cómo le gustaría morir?
—Con una muerte que sea inevitable, lo más rápidamente posible. No quiero estar cinco días muriéndome, quiero estar cinco minutos. Y que sea lo más confirmable posible. El cien por cien de la ciudadanía se apunta a esto.
—Y se si apuntan ¿por qué hay tantos problemas para ponerse de acuerdo y unir sensibilidades?
— La sociedad cada vez es más laica y mas plural y está cinco pueblos por delante de los poderes que gobiernan.

jueves, 15 de diciembre de 2011

El PSOE presenta sus primeras 24 iniciativas para una oposición "progresista", entre las que se encuentra una ley de muerte digna (que no es de eutanasia, sino de cuidados paliativos, según explica el portavoz José Luis Alonso)

 (Agencia EFE)   14/12/2011 |

El grupo socialista ha registrado sus primeras iniciativas parlamentarias en el Congreso, un paquete de 24 propuestas entre las que figuran muchas de las normas que el Gobierno del PSOE se dejó "en el tintero" en la pasada legislatura, y con las que pretende arrancar su tarea de oposición "progresista".

El portavoz parlamentario del PSOE, José Antonio Alonso, ha sido el encargado de presentar hoy en rueda de prensa diez proposiciones de ley y 14 proposiciones no de ley cuya formulación había anticipado ayer el presidente del grupo, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Alonso ha dejado claro que los socialistas quieren ejercer una oposición "responsable" y "progresista" con un marcado matiz social y económico y que tendrá sus "líneas rojas" en la defensa de una sanidad y educación públicas, del sistema público de pensiones y también del acceso a los servicios de dependencia.

Entre las propuestas registradas figura una proposición no de ley que insta al Gobierno a obligar a los bancos a ofrecer hipotecas cuya garantía sea el bien hipotecado, de manera que estas entidades estén siempre obligadas a ofrecer esta fórmula.

Pide el PSOE en otras iniciativas un plan nacional para la racionalización de horarios, un pronunciamiento del Congreso en contra del copago sanitario y también el establecimiento de un calendario de cierre de las centrales nucleares para que el parque nuclear deje de funcionar entre 2013 y 2028.

En materia económica, apuesta por luchar contra el fraude fiscal, plantea un plan de medidas de estímulo al crecimiento con los 70.000 millones de euros que tiene el Banco Europeo de Inversiones (BEI), defiende los eurobonos y un nuevo impuesto de transacciones financieras que en España permitiría recaudar 6.000 millones de euros.

Las proposiciones de ley incluyen normas que dejó pendientes el Gobierno socialista, como la ley de transparencia y acceso a la función pública, la ley de igualdad de trato -que Alonso ha considerado primordial- y una ley de muerte digna de la que ha dejado claro que no es de eutanasia sino de cuidados paliativos.

Pretende el PSOE que estas propuestas comiencen a debatirse cuanto antes porque la situación exige "empezar a trabajar desde el minuto uno", y así ha anunciado que su grupo promoverá, como ya se hizo en la pasada legislatura, habilitar el mes de enero para que el Congreso celebre sesiones plenarias.

Ha insistido Alonso en que los socialistas van a desempeñar una oposición "responsable y progresista" centrada en la defensa del interés general y de los servicios públicos esenciales, argumento que también estará presente en el debate de investidura de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno, la próxima semana.

Sin adelantar cuál será la posición del PSOE en esta cita, ha advertido de que Rajoy tendrá que explicar en su discurso cómo va a luchar contra la crisis y qué medidas va a utilizar para controlar el déficit y para combatir la presión de los mercados hacia la deuda soberana.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Nuestra vida es nuestra, menos en la muerte



 
Diario Vasco --  ARANTXA ALDAZ  -- 11.12.11 

Quisieron colgarle el título de 'Doctor Muerte', pero los jueces lo exculparon y dejaron claro que actuó con buena praxis en las sedaciones a pacientes terminales en el servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés. Tres años después de cerrarse el caso, que sacudió los pilares sanitarios, Luis Montes es hoy, además de anestesista, presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, la plataforma desde la que reclama la despenalización de la eutanasia, el acceso universal a unos cuidados paliativos y la difusión del testamento vital para asegurarse «una buena muerte». El médico hablará el miércoles a las 19.30 horas en el Hotel de Londres de San Sebastián, en el marco de los Diálogos de Ética, Humanismo y Ciencia, impulsados por la Diputación, el Hospital Donostia y Caja Laboral. El debate está asegurado.
- ¿Qué significa una buena muerte?
- La muerte es un hecho inevitable, pero dentro de lo que cabe se trata de hacerla lo más confortable posible. Fundamentalmente, una buena muerte significa que se respeten los valores del paciente, cómo quiere que sea su final de la vida. Una mala muerte es todo lo contrario, aquella en la que se da una obstinación terapéutica por parte médica o familiar, y no se cumplen los deseos sobre su final. Yo creo que es sencillo de entender.
- Es sencillo de entender, pero en la práctica, ¿los pacientes pueden elegir cómo morir?
- El problema fundamental de los pacientes y una de las causas de mala muerte es que los ciudadanos no saben que se van a morir. Hemos ocultado la muerte. Y si en un proceso de muerte, no se le informa de su estado terminal, difícilmente va a poder expresar su voluntad. Eso supone una mala muerte, aunque no sea una muerte con sufrimiento y dolores.
- ¿Y desde el punto de vista médico? ¿Siempre se cumplen las voluntades del paciente?
- Ahí entramos a valorar las buenas y malas prácticas médicas y el ordenamiento jurídico de la profesión. Todos los ciudadanos estamos por la vida. Todos tenemos un arma para dejar por escrito lo que queremos para nuestra muerte, que es el testamento vital, pero no podemos elegir la forma en que queremos morir. Los principios del marco jurídico, de paradigma de la libertad, de una muerte digna, se encuentran tremendamente limitados por la ley. Nuestra vida es nuestra menos en la muerte, donde no podemos decidir.
- Hay que hablar más de la muerte.
- Está claro. Vivimos en una cultura donde la muerte se ha ido ocultando. Y yo creo que es bueno que reflexionemos sobre ello, porque las decisiones de la vida las van a tomar los cuidadores, que en la mayoría de los casos suele ser la familia. Es importante tenerlo hablado antes con ellos, porque es dramático que la familia tome decisiones contrarias a las voluntades del paciente terminal solo porque no lo hablaron antes y no se dejó escrito en el testamento vital. Yo ya lo he hecho.
- ¿Los cuidados paliativos ayudan a una muerte digna?
- Hay mucha confusión con los cuidados paliativos. Los fines de la medicina son recuperar la salud. A lo largo de nuestra vida, y en un proceso de final de la vida, siempre hay por medio una pérdida de salud por una enfermedad. Para las enfermedades existen tratamientos activos, que es de lo que trata la medicina. Pero muchas veces la medicina fracasa y los tratamientos activos no interrumpen los procesos finales de la vida. Entonces es cuando entra la otra parte que tiene la medicina, que son los cuidados paliativos, tratar los síntomas para intentar que el tiempo que te queda de vida sea de una mayor calidad posible. Si en ese proceso se llega a un proceso terminal, una de las tareas en esa relación médico-paciente es tratar como un tema más de la medicina paliativa la buena muerte, la muerte voluntaria solicitada, cuando el paciente pide ayuda porque no puede más, siempre que estén claros los signos de la muerte. La medicina paliativa tendría que ayudar a morir bien a los pacientes terminales.
- ¿Y eso no es eutanasia?
- Hay múltiples definiciones de eutanasia: directa, indirecta, pasiva, eugenesia... Yo hago una definición muy sencilla: un sujeto A da la muerte a B, que es diferente a matar. Es una determinada muerte, dentro de un contexto de una enfermedad crónica y terminal, cuando el pronóstico de vida es corto y además los tratamientos no son eficaces. Dar la muerte en esa situación es una motivación altruista, solidaria, de justicia, es un acto de amor. Así es como debe entenderse la eutanasia.
- El médico acusado de practicar la eutanasia en el Hospital de Bayona -apartado de la profesión hasta que se celebre el juicio- ha denunciado que existe «mucha hipocresía» al amparo de los cuidados paliativos. ¿Lo cree así?
- Sin duda. En el caso de Bayona, si en lugar de una inyección letal hubiera sido una sedación y el proceso de muerte hubiera durado doce horas, nadie hubiera dicho nada y todo el procedimiento hubiera sido aceptado como normal. Eso es una hipocresía. Recientemente la Organización Médica Colegial ha elaborado un documento sobre sedación paliativa como norma de obligado cumplimiento para los médicos. Es un avance, pero lo que hace falta es que el final de la vida fuera una cosa definida y que no dependiera del médico que te toque, porque si te toca un médico con una ideología de sacralidad de la vida, el paciente no se está muriendo. Y eso está pasando en los hospitales. El problema no es la falta de protocolos de sedación, lo que hay que tener son las narices de definir que el paciente se está muriendo y dar una muerte digna. La medicina tiene que luchar con todos los instrumentos para que las muertes evitables no ocurran, pero también para que las muertes inevitables sean lo más confortables posibles.
- Han pasado tres años desde que los jueces proclamaron su inocencia. ¿Sigue pesando el caso entre los médicos? ¿Hay miedo a ser denunciado?
- Con el caso Leganés hubo dos momentos. Uno, el coyuntural, cuando en aquella rueda de prensa de marzo de 2005 el consejero de Sanidad de Madrid anuncia que se han producido 400 homicidios en el servicio de Urgencias -que por entonces coordinaba Montes-. Eso produjo una alarma social terrible -que luego los tribunales desmontaron-. Pasada esa primera etapa de miedo, de pérdida de confianza con la institución sanitaria, no me cabe ninguna duda de que el caso Leganés ha abierto el debate de una muerte digna y de la eutanasia. Quisieron -la Comunidad de Madrid- lanzar una cortina de humo para que no se hablara de la privatización de la sanidad pública. Pero tuvo su efecto rebote, porque a pesar del terrible sufrimiento de los trabajadores del hospital tenemos que ponernos la medalla de haber abierto el debate sobre una muerte digna.
- El Gobierno saliente aprobó un proyecto de Ley de Muerte Digna. ¿Quedará en agua de borrajas con el nuevo gobierno?
- No lo sé. Tampoco representaba un avance en el sentido de un cambio de marco jurídico. Hacer una ley de Estado es de obligatorio cumplimiento, después de que tres comunidades (Aragón, Navarra y Andalucía) aprobaran leyes que particularizan derechos. Si se avanza en ciertos lugares, con el tiempo se podría morir mejor en esos sitios que en otros. Además, siempre se anunció desde su presentación que era una ley de cuidados paliativos. Toda una parte parte ideológicamente controlada defiende los cuidados paliativos como antídoto de la eutanasia. Por ahí puede ir el futuro.




 

 

San Sebastián acoge una jornada sobre el derecho a una muerte digna


EL PAÍS - Bilbao - 12/12/2011

El Hotel Londres de San Sebastián acogerá el próximo miércoles el tercer y último encuentro de la cuarta edición del ciclo Diálogos de Ética, Humanismo y Ciencia. En esa cita el doctor Luis Montes, acusado injustamente, como han reconocido los tribunales, de haber practicado junto a otros compañeros 400 sedaciones irregulares en el servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés (Madrid), impartirá una charla sobre el derecho a morir dignamente y sin dolor titulada Acerca de la muerte digna.

Junto a Montes, presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, intervendrá también Maite Olaizola, responsable del servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Donostia.

Luis Montes expondrá el reconocimiento de una serie de derechos que las leyes otorgan al paciente enfermo en relación con el fin de la vida, para seguidamente destacar que en la realidad, el ejercicio de estos derechos no evitan que el enfermo "muera mal" en general, según los organizadores.

Con cifras y "sólidas razones", el doctor invitará a los asistentes a valorar el apoyo al reconocimiento del derecho a disponer de la propia vida como garantía de la calidad de muerte, así como a debatir y dialogar sobre la realidad existente. Asuntos tales como la eutanasia, el suicidio asistido, la sedación terminal, la suspensión de los tratamientos, la objeción de conciencia de los sanitarios o el testamento vital, entre otros, serán objeto del debate.

Superadas las creencias que consideraban que soportar el dolor y el sufrimiento dignificaban, ahora "existe un clamor social que exige el derecho de las personas a morir con dignidad y sin sufrimiento", cita la organización.